Dicen los nutricionistas de Instagram y los influencers de avena que es prohibido comer empanadas callejeras con ají de origen dudoso, chuzos con papitas a la salida del estadio, rellenas con arepa reseca, perros calientes con papitas de paquete, aborrajados de vitrina grasosa con queso de incierta procedencia, buñuelos reencauchados y helados de agua que saben a infancia, colorante y microbio.
También condenan tomar Vive100, ese elixir bendito que ha salvado más vidas que una UCI. Pero los taxistas, camioneros y yo somos testigos: Lo hemos mezclado con tinto, ron, aguapanela y hasta con tristeza… y no solo sobrevivimos, vivimos.
Los que promueven la dieta de la quinua jamás han llorado con un chorizo picante a medianoche. Nunca han amado como se ama una papa rellena de pollo en servilleta grasosa o una salchipapa con gaseosa fluorescente.
Comer frutas sin lavar compradas en los semáforos, galletas costeñas, maní en cartucho, manga viche, chontaduro pelado con mucha sal, guarapo de caña helado con hielo de oscura procedencia, todo esto es parte de la dieta de los glotones callejeros, entre los cuales me encuentro.
Aquí seguimos, con colesterol orgulloso, triglicéridos patriotas y corazón contento. ¡Vivan las arterias jugadas! ¡Y que nunca falte el pecado callejero ni el Vive100 frío!
Ñapa: No dejar leer este susurro a menores de edad, ni a viejos que, tarde en la vida, se abstienen de estos placeres mundanos.
Ñapita: El sabio de Palmaseca dice: A esta edad uno solo puede ser infiel con la glotonería de calle.
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